Personal empresarial debatiendo

Por qué muchos conflictos laborales tienen un origen organizativo

Cuando surge un conflicto laboral, solemos buscar rápidamente una explicación en las personas. Pensamos que existe una mala relación entre compañeros, diferencias de carácter o maneras distintas de entender el trabajo. Sin embargo, la experiencia me ha enseñado que muchas veces el origen del problema está en otro lugar.

Detrás de numerosos conflictos suele encontrarse una organización que ha ido perdiendo claridad en la forma de trabajar, tomar decisiones y coordinar a las personas.

A lo largo de mi trayectoria profesional me he encontrado muchas veces con organizaciones formadas por personas comprometidas y competentes que, sin embargo, conviven con tensiones, malentendidos o problemas que parecen repetirse una y otra vez.

En muchos casos, el problema no estaba en las personas, sino en la forma de organizar el trabajo.

No siempre es un problema entre personas

Cuando una organización crece, incorpora nuevas responsabilidades o atraviesa cambios importantes, es habitual que aparezcan zonas grises.

A medida que la organización crece, tareas que antes asumía una sola persona empiezan a repartirse entre varias, surgen dudas sobre funciones que nunca llegaron a definirse con claridad y decisiones que antes resultaban sencillas se vuelven más complejas porque ya no está claro quién debe tomarlas.

Y poco a poco aparecen los reproches.

Alguien siente que está asumiendo más responsabilidades de las que le corresponden, otra persona considera que no se le consulta lo suficiente, un equipo entiende que determinadas decisiones se toman sin contar con él.

Y así comienza un desgaste que muchas veces se interpreta como un problema personal cuando, en realidad, tiene una raíz organizativa.

El conflicto suele aparecer mucho antes

Los conflictos raramente nacen de un día para otro.

Normalmente son el resultado de pequeñas situaciones que se van acumulando con el tiempo, como responsabilidades que no están bien definidas, decisiones que generan mensajes contradictorios o procesos sobre los que nadie tiene del todo claro cómo deben funcionar.

Cada una de estas situaciones puede parecer menor por separado, pero el problema aparece cuando se convierten en algo habitual.

Entonces las personas empiezan a trabajar con incertidumbre, dedican más energía a interpretar qué deben hacer que a realizar su trabajo. Y cuando la incertidumbre se instala en el día a día, la frustración encuentra terreno fértil para crecer.

Cuando la comunicación intenta compensar la falta de organización

Con frecuencia escucho que uno de los principales problemas de las organizaciones es la comunicación interna.

Y es cierto que una mala comunicación puede generar muchos problemas, pero también es verdad que, en ocasiones, la comunicación se convierte en la víctima de una organización poco clara.

Se multiplican las reuniones para aclarar cuestiones que deberían estar definidas, se envían correos para resolver dudas que no tendrían que existir y se producen interpretaciones distintas sobre una misma decisión.

No porque las personas no quieran comunicarse, sino porque la estructura no les proporciona suficiente claridad.

Por eso, antes de preguntarnos cómo mejorar la comunicación, conviene revisar cómo estamos organizando el trabajo.

Mirar la organización con otros ojos

Cuando un conflicto se repite una y otra vez, quizá la pregunta más útil no sea quién tiene razón.

Tal vez la pregunta correcta sea otra.

¿Están claras las responsabilidades? ¿Cada persona sabe qué se espera de ella? ¿Los equipos conocen sus prioridades? ¿Existe claridad sobre quién decide y cómo se coordina el trabajo?

Muchas veces las respuestas a estas preguntas explican más que cualquier discusión.

Organizar también es cuidar

A veces hablamos de organización como si fuera únicamente una cuestión de procedimientos, organigramas o documentos internos. Sin embargo, organizar bien también es una forma de cuidar a las personas.

Cuando existe claridad sobre las funciones y responsabilidades, disminuyen muchas de las tensiones que desgastan el día a día. Además, una estructura bien definida facilita la colaboración entre los equipos y permite trabajar con mayor confianza y seguridad.

Por eso, cuando aparece un conflicto laboral, merece la pena mirar más allá de las personas implicadas.

Porque en muchas ocasiones el problema no está en quiénes forman el equipo, sino en cómo está organizado el trabajo.

Comprender esa diferencia suele ser el primer paso para encontrar soluciones más eficaces y duraderas, porque muchas veces los conflictos no hablan tanto de las personas como de la organización en la que trabajan.

Antes de buscar soluciones en las personas, conviene preguntarse si la organización les está proporcionando la claridad, la estructura y las herramientas necesarias para trabajar bien. En muchas ocasiones, ahí se encuentra el verdadero origen del problema.

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